ME REVIENTA VERTE FELIZ
Me encuentro con un viejo amigo en un bar. Está sentado en una mesa, rodeado de cuatro tipos que no conozco, y desde ahí nos saludamos y me invita a sentarme. Tras dudarlo un poco, acepto. No lo veia hace años, así que me agencio una silla y me hago un lugar entre ellos.
Uno de ellos me sirve de inmediato una cerveza y yo interpreto ese gesto como una muestra de cordial bienvenida. Mientras chocamos nuestros vasos, siento que esos sujetos extraños me caen bien, porque me han recibido con buena onda. Quizá hasta haga buenos amigos, pienso durante el largo sorbo inicial.
Son más de la una de la mañana y la mesa está atestada de vasos, ceniceros colmados de colillas, dos jarras de cerveza.
Luego de actualizar nuestras vidas, mi amigo y yo nos sumamos a la conversación grupal. Capto que están hablando de mujeres: sus esposas, sus novias actuales, sus ex enamoradas, las viejas conocidas, las nuevas anónimas, las meseras que atienden en el local, las chicas que van y vienen a nuestro costado.
Aunque es una conversación machista, me divierte. Es una noche de hombres, finalmente, y cuando los hombres se juntan se dedican buena parte del tiempo a hablar de mujeres.
De repente, ingresa al bar una chica que impacta a todos. Parece salida de un póster, o de un desfile de moda. Pelo suelto alaciado, blusa de blanca, minifalda, tacos. Está muy guapa y avanza erguida y lenta

Miren esa flaca, qué rica, anuncia uno de los chicos de la mesa.
Todos volteamos a mirar a la advenediza, que como una Diosa egregia camina entre las mesas, buscando un lugar donde situarse.
Ahí está ella: flotando sobre este lugar mugriento, en medio de los parroquianos, que la contemplamos boquiabiertos como si fuera la mismísima Virgen de la Anunciación (o como si fuera Tilsa Lozano en hilo dental, para hacer una analogía menos beata).
Y aquí estamos nosotros: siguiéndola desde nuestras sillas, como esperando que algo de ella (un pelo, una uña, siquiera una callosidad) nos roce la piel; aguardando que su mano nos toque la cabeza y nos salve así de la mediocridad de ser unos ordinarios mortales.
De pronto, la voz de uno de mis nuevos amigos dice:
–Está bien rica, pero si vieran a su novio: es un imbécil
–¿Ah, sí? No jodas, replica otro, como pidiendo más detalles
–Sí, lo conozco. Es un gil que se computa rico porque tiene billete y maneja una cañaza. Dicen que le saca la vuelta cada vez que quiere, agrega el informante.
–Qué tal injusticia: esa mamita tan linda con un atorrante dice otro.
–Pero si le gustan ese tipo de giles debe ser una corcha, concluye otro amigo.
–De hecho que es una corcha. Además, fíjense, no mira a nadie la pendeja. Seguro que para con puro mongo, observa, molesto, otro de los integrantes de este curioso clan.
–Salud, propongo yo, como para devolver el gesto con el que me recibieron, pero sobre todo para cambiar de tema y dar por concluida tan sofocante e indiscriminada sesión de comentarios rastreros.
Horas más tarde, de regreso a mi casa, recuerdo ese pasaje de la charla con mi amigo y esos cuatro fulanos; cinco hombres especulando sobre la vida ajena, chismeando como urracas, llegando a conclusiones que quizá nada tengan que ver con la realidad.
Según la gente de la mesa, la chica guapa del bar tenía un enamorado muy imbécil.
todas las chicas guapas, vistas a través de los ojos de un puñado de mamarrachos infelices, siempre tendrán a un imbécil por novio.
Y esta noche, qué duda cabe, estos tipos, que al inicio me simpatizaron tanto, acabaron actuando como unos infelices en pleno ataque de envidia.
Lo que quiero decir es que cualquiera quisiera ser novio de una chica guapa y segura como la del bar, pero ante la imposibilidad de serlo, ante la amarga certeza de que ella no está disponible, y que hay alguien con quien le gusta caminar, bailar; ante ese crudo escenario, el único consuelo que queda es el insulto gratuito contra el sujeto afortunado.
Fomentar la idea de que ese chico equis es un imbécil (muy al margen de que lo sea o no) es una manera algo esquizofrénica de tranquilizarnos, de anestesiar el ego herido, de calmar el hígado revuelto.
Pero la envidia no solo se activa ante la belleza, sino básicamente ante la felicidad que no tenemos. Por ejemplo, esto también es típico: ves a una pareja de enamorados de lo más acaramelados en la vía pública y comentas la escena con absoluto resquemor: “mira ese par de tarados, qué huachafos, dándose besitos en una banca”.
Lo que no dices es cuánto te gustaría estar allí, recibiendo esos mimos, sintiéndote importante y necesario para otra persona, dejando de ser, siquiera por un minuto, ese hombre tenso, angustiado e incapaz de emocionar.
Si vemos a un fortachón de la mano de una chica bonita e inteligente, decimos por lo bajo, entre dientes, que él seguramente se infla los músculos. Y si el fortachón usa camisetas apretadas, no perdemos la oportunidad de sugerir que alguna tendencia homosexual .
La envidia de la gente nunca debería disuadirnos de buscar la felicidad tal cual la imaginamos.
Siempre habrá algún medroso dispuesto a tumbarte, a pasar por encima de ti, a lanzar cuchillos a tus espaldas y a sembrar minas antipersonales en el camino por el que avanzas.
Siempre habrá algún cabrón que, incómodo con tu momento de felicidad, intentará borronearlo. Pero que no te dé pánico: que te dé risa.
Porque tu sonrisa más auténtica lo liquidará inapelablemente.
OTOÑO DEL 2010
Frey
OTOÑO DEL 2010
Frey
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