FIN DE SEMANA


Es viernes fin de semana. El trajín del día concluye con una satisfacción propia, un dinero inesperado llega a parar en mis bolsillos, hace dos semanas que no concurro a un lugar de diversión, y me parece perfecta la ocasión. Así es que después de una duchazo, que me deja fresco, y con la energía renovada, he decidido salir, en busca de algún acompañante casual.

Ya son casi las nueve de la noche, y yo recorriendo las calles a fin de encontrar un amigo o una amiga que me sirva de compañía, para tomarnos unos tragos y bailar un poco, después de trajinar un buen rato, no encuentro a nadie que conozca. Ya sin más vueltas que dar, ingreso al local más solo que un hongo, saludo a la gente que se encuentra en la puerta, y de inmediato siento el calorcito del lugar, y con la buena música encendida en los altavoces.

Comienzo a vagabundear por el lugar tratando de divisar un rostro familiar o conocido, pero me siento muy observado por el gentío que ya celebra algún acontecimiento. Me siento como un infiltrado dentro de su reunión particular. Al fin de cuentas yo vengo a divertirme, y disfrutar sin prejuicios de este momento; me digo en silencio.

Después de tomar unas cervezas en la barra, me encuentro con uno de mis amigos que recién llegaba al lugar. Nos ubicamos en un lugar cerca de la barra y nos dedicamos a tomar naranja mecánica (vodka con jugo de naranja); amenizamos actualizando nuestras vidas.

Poco a poco comenzó a llenarse el lugar, y cada vez más, el grupo que iniciamos comenzó a crecer, integrándose mujeres lindas y algunos oportunistas. Unas horas más tarde, después de muchos tragos y bailes, sin avisarles, me aparté del grupo y empiezo a dar vueltas y a mirar a la gente. Me divierte mirar a la gente. Ver cómo se comportan, cómo actúan, cómo se van descomponiendo con el paso de las horas. Me da risa, por ejemplo, la cara de la gente cuando baila.
Me asomo a la pista de baile, me apoyo sobre una viga y estudio el lenguaje gestual de algunas parejas.


Me detengo en una chica linda que baila con un sujeto alto, flaco, de ojos intoxicados.
Los parlantes botan un latin pop, algo parecido al merengue, cumbia y balada al mismo tiempo. Ella se ríe, levanta los brazos, se contornea de arriba abajo y canta casi perfectamente la letra de la canción. Él no: él se mueve con torpeza y sacude los hombros sin gracia, como si le molestaran. Luego se muerde el labio inferior, mastica la letra, e intenta dar una pirueta que no hace más que poner en evidencia sus problemas motrices.

Un poquito más allá veo a una pareja que baila muy bien. Parece que vinieran de un concurso. Da miedo verlos tan sincronizados. Lo único malo de esa pareja es que el muchacho en uno de sus movimientos, al darle una vuelta a su chica, le ha aplicado un codazo a la gordita del costado, que recibió el impacto en medio de la frente, pero se niega a sobarse para evitar la vergüenza. Igual pasa con la chica: es muy linda y baila divino, pero ya le va aplicando tres pisotones al chato del costado, que ha empezado a cojear.

Estos rituales me agotan un poco. Es verdad: bailé, canté, salté, me he reído, me he divertido, simulo ser feliz, me tropiezo con gente muy simpática y alborotada. Pero al día siguiente seré un residuo, un montón de huesos con carne oliendo a trago. Me siento trágicamente mareado.

A estas horas de la madrugada he olvidado el dolor que traía en el corazón. Además sería muy conveniente para mí, que una chica se aparezca en medio del ruido, el trago y el baile, para aplacarme esa sed de soledad que padezco, y así darle vida a mis emociones, que me haga sentir que estoy vivo, que me diga al oído que me ha amado en silencio, y me lo selle con un beso en los labios. Una cosa es imaginar pero la realidad es otra.

Con el organismo sensibilizado por la gastritis, creo ya haber cumplido mi cuota de juerga. Antes, podía estar días enteros sin dormir, ni descansar, abandonado a los excesos de la noche más berraca. Ahora, para decirlo con todas sus letras, ya no jalo.

A veces, cuando vengo a esta discoteca, me da risa (o roche) darme cuenta de que más del 70% de los presentes son quizá menores que yo, y que solo el 30% restante son de mi edad o que me superan en años.

Si no fuera porque mi apariencia, que aún me defiende un poco, quizá en algún tiempo más me vea como el sujeto cuarentón que acaba de pasar a mi costado: un pelón, con matas de canas detrás de las orejas, arrugas, con un abdomen orgullosamente descuidado, y que arrastra una lánguida expresión de agotamiento.

Increíble: son las 3 de la mañana y el lugar sigue estallando de alcohol, música y de histeria. Quizá ya sea tiempo de planear la retirada, pienso. Y no solo me refiero a la retirada de hoy, sino a la retirada gradual de este mundillo de diversión.

Me siento un poco improductivo cuando me levanto al medio día del sábado y la bulla sorda de la resaca me impide leer, conversar o siquiera tomar sol. Me asusta pensar que esas horas no me las va a devolver nadie.

Quizá la vida, esa secuencia de carencias, esa trampa de círculos que se abren y se cierran me esté invitando a adoptar otro estilo de diversión: uno más pacífico, más relajado, más creativo, más emocionalmente rentable.

FREY
Primavera del 2010


Comentarios

  1. Amei o blog, belas palavras ...
    estou seguindo !!

    http://desabafointerior.blogspot.com/

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

ME REVIENTA VERTE FELIZ

VENGANZA DE CUPIDO

UN AÑO MÁS... UN AÑO MENOS